miércoles, 5 de febrero de 2014
Capitulo 37
-Bonita ¿Cómo estuvo tu día? –bebió un poco de agua y miró a Paula con una sonrisa.
Ella comenzó a jalar su ropa, incómoda ¿debería decirle lo de la llamada?
-Todo estuvo bien, Emma se compró muchas cosas bonitas.
-¿Y tú?
-Algunos zapatos y… ropa para el embarazo. –Dio una sonrisa de lado- ¿Y ustedes? ¿Cómo les fue?
El levantó los hombros en un gesto un poco indiferente.- Es muy pronto para recibir noticias, no está en ningún hospital de Nueva York, pero todavía cabe la opción de que esté en alguno en California.
No, eso no podía ser… Julieta no podía haber llamado desde un hospital.
-No lo creo.
-¿Por qué? –dejó su vaso en la mesa y se acercó a la morena, empezó a acariciar su cabello.
-Bueno, ella… -soltó el aire- ella me llamó.
-¿Qué?
-Julieta habló conmigo.
-Espera ¿la viste? ¿Estuvo contigo?
-Ella habló a mi celular.
-¡¿Y cómo demonios consiguió tu número de celular?! –gritó.
-No sé –susurró.
-¡Federico! –Volvió a gritar, provocando que su hermano saliera de su habitación.- ¡Maldita sea!
-¿Qué pasa? –preguntó con los ojos abiertos, pasando la mirada de entre Pedro a Paula.
-¡¿Qué pasa?! –Repitió, rojo de rabia.- Pasa que tu novia loca llamó a Paula, Federico yo te lo dije, ¡No voy a permitir que Julieta le haga daño! Mucho menos permitiré que se le cerque para infringirle miedo, Paula está embarazada ¡de mis dos hijos! Y esto está mal, Dios santo ella está chiflada, no quiero… no puedo… -tartamudeó- no dejaré que se le acerque.
Jaló el frente de su cabello, lucía tan desesperado.
-Paula ¿qué te dijo ella? -Fede fue hacía Paula, manteniéndose un poco alejado para no inquietar a Pedro.
-Siendo honesta, no dijo mucho.
-Quiero que me digas–exigió Pedro.
-Pues –vaciló- ella al principio se rehusaba a decir algo, yo solo preguntaba quién era y no se dignaba a contestar, después me acusó de estar con ustedes, dijo algo como: <<Estás con Fede y Pedro>>. Traté de explicarle que la estaban buscando y cuan preocupados se encontraban pero… ella terminó la llamada.
-¡El número! Dame tu teléfono, podemos regresar la llamada… -comenzó el alto rubio pero ella lo cortó.
-El teléfono era privado. –Pedro bajó su mirada.- Pero Pedro, no tienes porque sentirte mal.
-Me siento impotente. –gimió.
-No tienes porque sentirte así.
-Paula, ¿Crees que Julieta esté en Nueva York?
-N-no sé –se trabó con las palabras.- ¿Ella tenía los recursos para viajar?
-Pudo haber vendido algo y así conseguir el dinero. –propuso Fede y fue cuando Pedro recordó que él le había comentado que vendiera su auto…
-Si ella está aquí… ¿yo corro peligro? Mis bebés…
-No, Paula. Pedro y yo te protegeremos ¿cierto? –ambos asintieron.
-Bien, ahora ve a descansar. Nos pondremos a investigar algunas cosas, y es necesario informar a la policía de esto… intentaré seguir llamando a Julieta, tal vez conteste… -las voces se fueron perdiendo mientras Paula caminaba a su alcoba.
Era todo tan difícil.
¿No podían vivir normalmente? Sin ninguna mentira, o problema o chicas chifladas…
Todo era tan abrumador.
~°~
3 días después.
-Quiero salir.
-¡No vas a salir! No trates de negociar porque no dejaré que lo hagas.
-Pedro, no puedes tenerme encerrada toda la vida.
-No. Toda la vida no… solo hasta que encontremos a Julieta.
-¡Estás loco! Yo voy a irme, quieras o no.
-Paula, por el amor de Dios, no seas terca. Julieta está mal de la cabeza y puede dañarte y a los gemelos. –ella instintivamente tocó su estómago.
-Voy a estar bien –murmuró- ven conmigo, si quieres. Solo que ya me cansé de estar en casa.
-¿Y a donde planeas ir?
-No sé, hay un café muy bueno en el centro de la ciudad…
-¿Dónde conociste a Fede? –la interrumpió.
-¿Cómo sabes eso?
-Fuimos ahí hace unos días, cuando reportamos a Julieta como desaparecida y él me contó todo lo que pasó.
Paula empezó a sonrojarse -¿Todo?
-Sip. –Sonrió divertido.
-No puedo creerlo.
- ¿Así que café andante, eh? –dice burlón.
-Sí, su amigo era un poco pedante -bufó.
-No conozco a Andres pero le agradezco mucho que empujara a Fede.
-¿Sí?
-Si él no hubiera tirado su café encima de ti, no te hubiera conocido y si él no te hubiera conocido… yo no te hubiera conocido y si no te hubiera conocido ahora no estaríamos esperando dos hermosos bebés y si…
-Ya, creo que eh entendido –lo frenó.- si no fuera por la blusa que me arruinó.
-Dijo que te compró otra.
-Sí, fue muy considerado y amable.
-Paula debes de saber que todo lo que hizo fue porque en verdad le gustabas, fue mucho después cuando mi madre le metió la idea del matrimonio y la estafa…
-Está bien. ¿Ahora podemos irnos?
-Por favor, vamos a tener cuidado ¿De acuerdo? –musito lento, como si estuviera hablando con un niño pequeño.
Paula se levantó con rapidez, feliz de poder alejarse de su apartamento.
…
-Mira eso –señaló la cuna de madera, pintada de blanco que se encontraba detrás del vitral -que hermosa es.
-¿Te parece?
-Sí –sonrió con ternura imaginándose a dos cuerpecitos durmiendo pausadamente, tranquilos… mientras que su padre les tocaba una canción.
-Es grande –añadió él.
-Sí –repitió ella y lo miró. Él seguía viéndose incómodo, desde que habían dejado la casa, no paraba de mirar hacía todos lados, estaba paranoico o tal vez ella estaba demasiado tranquila.
-Y se ve cómoda.
-¿A qué vas a llegar con esto?
-Ven –tomó su mano y jaló de ella hasta dentro del establecimiento, llamó a una mujer baja y rubia de ojos azules, al parecer trabajaba ahí porque tenía uniforme de traje.- Señorita, nos llevaremos esa cuna de ahí.
-¿Qué? –ella abrió su boca y lo miró incrédula.- ¿Estás seguro? –Pedro no había comprado nada para los bebés…
-Claro que estoy seguro, créeme Paula, puedo pagarla y además vamos a ocupar un espacio grande para dos bebés.
-Creo que es mejor si compráramos dos camas, separadas.
-Bien, entonces van a ser dos –se dirigió hacía la dependienta.
-Claro, señor si se dirige por aquí –apuntó hacía unos escritorios no muy lejos.- Necesitamos que llenen algunos documentos.
-Pedro no tienes porque comprar dos.
-Puedo, debo, y quiero comprarlas. Paula de verdad, no hay problema. Te gustó, me gustó, es perfecta para nuestros hijos. Y voy a comprar dos.
-Hablas como si tuvieras todo el dinero de la tierra.
-No tengo todo el dinero del mundo, pero tengo lo suficiente para comprar dos camas para los bebés, así que basta. Se te está haciendo costumbre eso de pelearme a cada rato.
-Debe ser el embarazo –justificó- Tengo hambre, ¿puedo ir por unos helados mientras llenas esos papeles?
Él dudó un poco –Ve a la heladería que está aquí cerca y no tardes.
-Gracias.
Caminó contenta hacía la esquina, donde se podía leer un gran letrero de “HELADOS”. No entendía por qué pero se le antojaban siempre, desde que estaba embarazada no dejaba de pensar en la comida, había subido varios kilos y ya podía sentir sus pies hinchados en ocasiones, o su vientre que empezaba a estar levemente inflamado.
-Dos helados naturales, por favor –pidió.
-¿Le gustaría agregarle chocolate derretido arriba? –le preguntó el joven muchacho, pero ella no contestó… se quedó tiesa, inmutable.
Una mujer, con cabellos negros, ojos verdes… Julieta estaba ahí, en la calle frente a ella. Mirándola.
Sus pies de repente se sientes pesados pero también débiles y la cabeza le da vueltas. La mirada de Julieta es intensa, profunda, incomoda… Y Paula puede recordar brevemente el primer día que la vio, ella había pensado que sus ojos eran como los de una serpiente y ahora… ahora parecía eso, una serpiente preparándose para morder.
Sus manos tiemblan y escucha nuevamente la voz del joven heladero, preguntando si se encuentra bien, lo ignora. La voz suena lejana, como si él se encontrara a kilómetros de ahí, Puala sabe que si le contesta y le dice que está pasando probablemente él llamará a la policía, y no necesitaban eso. No por ahora.
Hace una cuenta mentalmente y calcula cuánto tardará en correr de nuevo hasta la tienda, ella es lenta para correr y nunca ah presenciado a Julieta haciéndolo, tal vez resulte ser una buena corredora y la atrape. Y si lo hace…
Maldice en voz baja. ¿Dónde está Pedro? ¿Por qué demonios no termina de llenar los estúpidos papeles y viene a ayudarla… a salvarla? Traga lentamente, si Paula la atrapa... ¿La va a matar?
Ella no es una asesina.
Pero está mal de la cabeza, tal vez sea neurótica.
¡Está embarazada! Al igual que ella, pero con una hinchada panza de diferencia, lo más seguro es que ella está por el cuarto mes, tal vez el tercero. ¿Qué tan rápido corre una embarazada de ese tiempo? Con ese estomago, esperaba que no fuera tan veloz.
La pálida y oji-verde mujer empieza a cruzar la calle, hacia Paula que por instinto se echa a correr, eso no era adrenalina, era miedo, terror puro. No quería que la dañara, no quería que dañara a sus bebés. A sus bebés no.
¿La seguía? ¿Julieta también estaba corriendo?
No podía voltear, solo la retrasaría. Solo haría que sus pies se enredaran y cayera, solo provocaría que Julieta la capturara.
-¡Pedro! –chilla resbalándose en las puertas de la tienda, su novio estaba ahí conversando tranquilamente con la trabajadora de ojos azules, hasta tenía un café en las manos. ¡Ella estaba teniendo un ataque de paranoia mientras él tomaba café! –Julieta, está aquí –grita sacando el aire dificultosamente.
Tenía la condición física horrible, le estaba costando respirar. ¿Hace cuánto que no corría por las mañanas?
-¿Qué? –susurra él mientras la sangre drena de su cara.- ¿Dónde?
-Frente a la heladería, yo no sé si ella me h-ha seguido –tartamudeo un poco, sentía el corazón en la garganta y los oídos zumbándole, el cerebro le dolía.
-Quédate aquí –pidió- llama a Fede.
Él sale corriendo, y Paula voltea nerviosa hacía todos lados, varias personas siguen mirándola con muecas extrañas, pero no le importa. Todo esto le pasa por ser una terca, quería salir, quería salir aun sabiendo todo el peligro que corrían ¿Por qué nunca reflexionaba? Estaba poniendo en peligro a Pedro, y a sus bebés. ¿Cuándo iba a entender que ya no era solo ella?, tenía dos criaturitas a las cuales cuidar y proteger.
Da un respingo al sentir una mano sobre su hombro.
-¿Necesitan ayuda? –pregunta la rubia que conversaba con Pedro. Paula le lanza una mirada cortante, pero después se arrepiente. Ni ella ni nadie tienen la culpa, pero se sentía tan frágil, parecía que iba a romperse en cualquier instante, tenía que ser fuerte.
Tenía que llamar a Fede.
-No, muchas gracias –contesta dando una sonrisita que más bien parece una mueca, la mujer la mira con ojos preocupados y después se aleja.
La morena saca su celular y abre los contactos.
Fede.
Y es como si el nombre sobresaliera de entre todos los demás.
Suavemente posa su dedo encima de la tecla “llamar”.
Un timbre… dos timbres… tres timbres.
-Contesta, por favor –ruega.
6 timbrazos.
<<Hola soy Fede, por el momento no estoy. Ya sabes qué hacer>> el mensaje grabado y después un beep aturdidor.
No puede ser, no puede estar pasando esto.
Vuelve a intentar, pero el resultado es el mismo.
Tercer intento y nada.
Se rinde mientras gruñe. En que buen momento se le ocurrió al cabeza de aire comprimido tener el celular lejos de él.
Deja un mensaje y sale con pies flojos. Pedro dijo que debía quedarse ahí, pero contaba con la ayuda de su hermano y él no iba a venir. Paula no podía dejarlo solo.
Por más que voltea hacía todos lados e inclina su cabeza, no divisa ni a Julieta ni a Pedro.
El lugar es grande, los edificios altos y con pantallas llenas de publicidad, basura por todo el suelo, gente que va y viene, algunos al teléfono, otros de la mano de su pareja, niños pequeños con dulces y adolescentes con audífonos… ninguna mujer embarazada que sea Julieta… ningún hombre rubio que se parezca a Pedro.
Su cuello cala de estar girando y girando, ¿qué había pasado?
Tres vueltas, le ah dado tres vueltas a todo el lugar, y como siempre, o al menos en el tiempo que ah pasado caminando… cuando camina por la banca verde al lado de un basurero que huele mal, una niñita con un vestido rosa la saluda, ella agita su mano regresándole el saludo. Deben de creer que está perdida, en algún sentido lo está. Podría volver a casa si quisiera pero no podía dejar a Pedro.
Tal vez… estaba herido.
El aparato telefónico vibra en su bolsillo junto con la pegajosa melodía, responde sin revisar quien es, asumiendo que Fede le está regresando la llamada.
-¿Dónde estás?
Es Pedro.
-Frente a la heladería –Oh que ironía.- ¿Tú?
-No encontré a Julieta al salir, me puse a recorrer varias calles pero no hay nada.
-Desapareció –escuchó la risa del otro lado de la línea. Bufó. Esto no era gracioso.
-Sí supongo que lo hizo, quiero que entres a un establecimiento, en un momento llego y nos vamos ¿entendido?
-Sí, Pedro. Por favor no tardes –suplicó.
-Hola –la sedosa voz le recorrió la nuca y mágicamente la cercanía de un cuerpo se hizo presente, la voz era casi desconocida, sí, casi. Solo por el simple hecho de que había hablado con ella unos días antes la pudo reconocer.- Cuelga el teléfono, Chaves.
Corta la llamada y da media vuelta, puede notar que Julieta luce más venenosa de cerca.
-Bonito vestido –elogia y toma un poco de la tela.- Algo caro, algo que yo no podría comprar.
Paula traga. Por Dios, le regalaba el vestido y todo los que quisiera si la dejaba ir.
-Se dice “gracias”. Qué maleducada es, señorita Chaves.
-Gracias –susurra y Julieta suelta una carcajada.
-Camina.
-¿A dónde vamos?
-Te dije que caminaras no que hablaras.
-Perdón.
-Guarda silencio, maldita sea. –gruñe.
Esto era tonto, Julieta no tenía un arma, solo tenía una enorme barriga. Paula podía correr en cualquier momento, no corría un peligro alrededor de tanta gente, pero no se podía mover, estaba helada y tiesa. ¿Dónde estaba algún policía? ¿Dónde estaba Pedro?
Sus pies habían elegido el momento justo para no ayudar.
Pedro, Pedro, Pedro, por favor sálvame. Pidió en sus pensamientos.
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